Un respiro en la cima

Una tarde de agosto, casi finalizado el verano era necesario un día para respirar aire puro y fresco. Y que mejor plan que subir al monte al lado de mi casa que se hace llamar Ezcaba (que no San Cristóbal como tantos años he creído que era su nombre) con un par de amigos: mi mejor amigo Tito y su hermano Jesús. Era un día soleado, algo que sorprende en una ciudad como Pamplona. Ninguna nube se asomaba por el horizonte, lo que era indicio de la ocasión perfecta para poder contemplar un precioso atardecer. Preparé todo lo necesario para una fatigosa subida que duraría aproximadamente 1 hora. Me hice con mi mochila, el protector solar, el móvil y la cámara réflex. El resto de provisiones las compraríamos en el supermercado cerca de casa de Tito.

Me encaminé a su casa sobre las 5:30 de la tarde y nos pusimos rumbo a la cima sobre las 6. Si nos hubieran advertido de ir un poco antes nos habríamos ahorrado que nos pillara tan rápido la noche. Sin embargo, pudimos disfrutar del fulgor de las estrellas y la luna haciéndonos el favor de iluminar el camino de regreso a casa.

Para mi mala suerte, llevé un calzado bastante incómodo porque no era de mi talla. De hecho, me puse las botas de monte de mi hermano con una talla 42 que con solo vérmelas puestas me veía como un payaso, por buscar algún semejante. Las que me compré hará ocho años me cabían justas, no pequeñas. Pero la etapa de crecimiento me había pasado factura y me había hecho perderlas para esta ocasión.

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Nos encaminamos al monte cuando todavía el sol nos achinaba los ojos, íbamos con paso firme y uniforme, sin ser acelerado ya que había que guardar energías para trepar las empinadas cuestas que se nos iban a presentar. Agua fresca para aliviar la sed, una bolsa de patatas y una tableta de chocolate eran nuestras provisiones, que un vez conquistada la cima podríamos engullir. Algo que me servía de motivación.

Se apoderó de mí una especie de incertidumbre que surge siempre al borde de un nuevo comienzo. El monte es un lugar donde nunca sabes qué es lo que te vas a encontrar, a parte de muchos árboles, gruesas raíces, rocas resbaladizas, frondosos arbustos y malas hierbas espinosas que se clavan en la pierna dejando algún rasguño desafortunado.

Encontramos la ruta que nos llevaría hasta la cumbre, por la que excursionistas como nosotros habían pasado antes. Estábamos solos ante la naturaleza. O más bien, ella nos hacía compañía. Si nos girábamos podíamos ver toda Pamplona a nuestras espaldas; con la que intercambiamos miradas, la contemplábamos desde las alturas y ella, por su parte, era testigo de nuestra subida a Ezkaba entre la abundante vegetación. Se intercalaban entre nosotros tres momentos silenciosos donde predominaba el rumor del follaje sobre nuestras cabezas semejante al susurro de un arroyo, el chasquido de las ramas del suelo producido por nuestras pisadas y el jadeo de nuestra respiración provocado por el efecto del cansancio.

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Tuve que pararme en tres o cuatro ocasiones para recobrar el aliento, ya que Tito y su hermano iban a buen ritmo y yo era la que se quedaba rezagada por mi falta de ejercicio. Cada cuesta que se nos presentaba era casa vez más empinada y mi cansancio iba en aumento, pero me motivaba pensar que cuando alcanzásemos la cima podríamos disfrutar de un ocaso espectacular y de un buen aperitivo.

Han pasado ocho años desde la última vez que visité el monte Ezcaba, desde que fui de excursión con los Scouts Mikael en mi etapa ranger. Recuerdo que en aquella ocasión nos perdimos y los monitores no sabían qué hacer para reencaminar la ruta que nos llevaría al Fuerte de Alfonso XII o San Cristóbal.

 

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Se trata de una fortaleza militar construida a finales del siglo XIX y principios del XX finalizada la Guerra Carlista. Permanece oculta del exterior  y se encuentra rodeada de un foso muy profundo (que si te caes te matas) que en su momento impediría un posible ataque de la infantería. El fuerte nunca llegó a ser empleado con fines defensivos y se utilizó como prisión desde 1934 hasta 1945. Dentro llegó a haber 4.797 reos entre ellos dirigentes políticos y sindicales y militantes revolucionarios y republicanos. Ahora está abandonado y ha sido declarado un ‘‘Bien de Interés Cultural’’. Este fuerte no solo fue una cárcel local, sino que formó parte importante del circuito represivo del franquismo.

En esta excursión con Tito y Jesús, llegamos a alcanzar la cima en la zona norte del monte: Ezcabarte, donde tomamos varias fotos. Estuvimos contemplando el paisaje con pequeños pueblos salteados como pinceladas en el amarillento secano y cómo se asomaba la luna con suavidad como tiza difuminada en el cielo.

Cuando llegamos a la entrada principal del fuerte había gente que estaba disfrutando de una tarde al aire libre. Todos permanecían ahí, en cambio nosotros quisimos explorar un poco más el territorio y encontrar el sitio ideal para poder tomar las fotografías que iban a inmortalizar nuestra subida a la cumbre. Anduvimos por los alrededores y por momentos nos encontrábamos entre el precipicio del foso y los espinosos matorrales. Queríamos saborear la aventura.

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Nos recorrimos gran parte del terreno del fuerte, dimos una vuelta entera para llegar a la zona de las fosas en la que se supone que hay restos de cadáveres de los presos que murieron por tuberculosis, hambre o un tiro en la cabeza quizá. Conforme caminábamos me acordé que alguien me dijo que por la ruta que rodeaba el fuerte había existido un cementerio, el ‘‘cementerio de las botellas’’. En 1942, la capacidad de todos los cementerios de la comarca se había acabado, por lo que en Ezkaba, en pleno monte, se improvisó un campo santo. Hoy se sabe que fue el propio Franco quien ordenó enterrar a los muertos con una botella que guardara sus datos básicos. Pensar en ello me hacía tener escalofríos y pensamientos tenebrosos sobre las historias espeluznantes que ocurrieron en aquel tétrico lugar…

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Tras mucho andar encontramos una cuesta en la que se veía el atardecer de una forma diferente, con un paisaje parecido al de las dehesas. Hacía mucho que no disfrutaba de un atardecer donde no hubiese edificios, postes, semáforos o torres de alta tensión de por medio. Poco a poco, el Sol corría queriendo ocultarse entre los montes del horizonte adquiriendo tonalidades amarillentas, anaranjadas y rosáceas creando una mezcla de acuarelas inigualable. El resultado de las fotos fue más que satisfactorio lo que fue una recompensa tras haber subido durante una fatigosa hora.

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Ver el sol alejarse por el oeste y asomarse la luna por el este con total claridad era un pequeño detalle que me hacía apreciar más aun esta pequeña excursión. Y más si era en compañía de buena gente como Tito y su hermano Jesús, que por cierto muy simpático. Las últimas fotos las dedicamos al atardecer y a una Pamplona iluminada por las diminutas farolas resplandecientes y el espeso smog ascendiendo como asfalto hirviendo por el calor.

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La noche nos atrapó. Y con ella el temor a cómo bajar con tanta oscuridad, con solo la luna y las estrellas como únicos testigos  de nuestro descenso. Tal vez, el alma de algún prisionero pudo vernos también, pero eso nunca lo sabremos. Hicimos un cálculo del tiempo, tardaríamos una hora y pico en descender por la autopista, arriesgándonos a ser atropellados. Otra aventura nos esperaba y mis pies se resistían a avanzar unos pasos más, llegando al punto de andar como si fuese un robot y mis piernas se moviesen automáticamente. Solo quería llegar a casa.

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El descenso fue más agotador que la subida. El impacto de los pies contra el asfalto era demoledor y mis nudillos ya no podían apenas soportar mi peso. Conforme bajamos se escuchaban con más claridad los coches veloces por la autopista, la luna estaba más hermosa que nunca en mis ojos, su tenue luz barnizaba la carretera dándole un toque tenebroso de película de terror. Era inevitable mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía un coche o Jack el destripador.

Bajaban coches y más coches, y por un momento me planteé hacer autostop pero no me veía con el valor suficiente. No habría estado mal que un amigable conductor compasivo nos propusiera llevarnos hasta Artica aunque sea. Hicimos un sprint en el último tramo de la pista y una sonrisa eufórica se dibujó en mi rostro cuando vi ‘Artica’ en el letrero. Al fin estábamos en tierra firme.

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Gracias Tito y Jesús por este día que me ha sabido como pocos, diferente y agradable. Espero que repitamos pronto una nueva aventura.

PD: ignorar mi cara de cegata en la última foto. Debimos habernos tomado más.

 

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