Extraños

Extraños. Eso somos. En todo principio y en casi todo final. En un mundo tan inmenso y en un infinito tan pequeño. Personas dispersas en él que jamás llegaremos a conocer. Y personas que, si les brindamos la oportunidad, son un mundo cuando las tomamos de la mano.

Extraños. Tan lejos y tan cerca de nosotros que vemos pasar a diario por las calles, a cada segundo, a cada palpitar. Cruces de miradas fugaces, fijas e inquietas. Miradas temerosas con miedo a lo desconocido.

Extraños. De los que no sabes si se encuentran en un campo de batalla luchando contra la guerra de su vida. Pero te alegran el día con un buen gesto y con una simple sonrisa. Aunque se desvanezcan en un suspiro, en un pestañeo, en un despiste.

Extraños que podrían brindarnos tanto y que están condenados a no ser fruto de nuestro conocimiento. Y nos entristece. Nos llena de impotencia saber que no los volveremos a ver. Nos hacen suspirar. No estaban hechos para permanecer en nuestras vidas, tan solo cruzarse durante aquel instante.

Extraños, como lo desconocido, pero con la posibilidad de ser conocido. De aferrarse. De soltarlos y dejarlos ir. Brindarles la oportunidad de abrirles tus anhelos y despechos quedándote expuesto a la vulnerabilidad.

‘‘No le abras la puerta a desconocidos’’ me dijeron muchas veces en la vida. Y pido perdón, porque ya la he abierto millones de veces y no me arrepiento de ello, independientemente de los portazos que vinieron después.

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