Quizá mañana no estés

Ese día llegará, el día de tu partida cuando todos derramarán lágrimas por la gran persona que fuiste pero que nunca llegaron a conocer de verdad. Que sí, que todos vamos a morir pero antes nos llevaremos todo lo vivido: las risas, las caricias, las lágrimas de alegría, los triunfos, las sonrisas, los viajes, los amigos, el amor, la pasión, los abrazos que fueron hogar, los besos que eclipsaron la mente, las manos que nos descifraron como un mapa, las miradas cómplices que marcaron una amistad sin igual.

Hay gente que es niebla, y otra que es el sol que la disipa. Conocemos personas que nos decepcionan, que son menos de lo que esperábamos y nos hacen entristecer. Pero también conocemos personas que nos alegran, que incluso son mejores que nosotros. Inalcanzables. Con las que haríamos cualquier cosa con tal de tenerlas a cada paso que damos.

Pero volver atrás, correr hacia lo irreversible. Es utópico.

Posiblemente mañana no estés, pero eso vengo a recordarte que hoy tienes unos pulmones con los que puedes inhalar el aroma del café por las mañanas, que hoy tienes unas piernas con las que puedes surcar cualquier ruta que te propongas, una voz con la que puedes expresar tus ideas y aportar algo al mundo aunque a veces te sientas perdido y unas manos con las que puedes escribir la libertad.

Detente a pensar en lo que hay justo ahora, en lo que te rodea. Porque es ahí donde emana la belleza de lo que es estar vivo. Quítate los disfraces y desnúdate hasta quedar vulnerable, porque si siempre tienes miedo, ahuyentarás todo lo que siempre has querido. Ponle un freno a las inseguridades, a las manías, a las cadenas que te atan, a las cárceles internas de tu mente. ¡Joder! La vida es un instante, un sentir, una lágrima, un alguien. Porque la vida no se mide por el tiempo, sino por la intensidad con la que decidimos vivirla.

Los moratones y las cicatrices permanecerán. Pero no debes dejarte llevar por ellos, también se trata de compartir lo valioso que tienes, enseñar a otros a remontar, hacerles saber que no están solos. Darle una mano a quien solo ve niebla y un abrazo a quien nunca tuvo un hogar. Y decirles en voz alta: “¡Aquí estoy porque mañana quizá no sé dónde estaré, y te quiero porque no tengo otra forma de ser!”.

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