Permítete soñar

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Siempre quisimos creer en un mundo ideal donde los sueños que tanto anhelamos se hacen realidad. Un lugar de ensueño en el que por arte de magia todo está al alcance: poder volar en alfombra mágica, nadar con sirenas, ser el capitán de un barco pirata, acudir a un baile real, hablar con flores y teteras, que te crezca la nariz si mientes, tener un hada madrina y que si miras al cielo y le pides un deseo a la estrella más brillante del firmamento, éste se cumplirá.

Soñar. Esa virtud que todo niño posee, esa capacidad de mirar más allá y de creer que todo es posible; pero que llegado un momento se pierde. ¿Cuándo fue que dejamos que nos asaltasen y nos quitasen lo más valioso que teníamos entre las manos? ¿Cuándo fue que dejamos escapar nuestra habilidad de dar rienda suelta a nuestra imaginación? Quizá cuando nos dijeron que los reyes magos no existían, ni el ratoncito Pérez, ni santa Claus, ni el hada de los dientes, ni nada. Todo puras fantasías que mantenían viva nuestra inocencia ante la realidad. Suena como una tontería; pero es un paso que, sin darnos cuenta, nos hace adentrarnos en el mundo adulto.

Y es ahí cuando comienza esa etapa de transición, en la que procuras asimilar las cosas y darte cuenta de que no todo es lo que parece. Todo lo que habías creído se va desvaneciendo poco a poco. Apartas de tu mente todas esas ideas “descabelladas” porque piensas que creer en eso es de pequeñajos. Qué error el nuestro el haber deseado desde siempre hacernos mayores…

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Es cierto que llegado un punto hay que ir descubriendo nuevas cosas, pero no debemos condenar nuestra capacidad de soñar… Hay una historia ejemplar al respecto: una maestra de primaria estaba dando una clase de dibujo a un grupo de niños de seis años de edad. Al fondo del aula se sentaba una niña que no solía prestar demasiada atención; pero en la clase de dibujo sí lo hacía. Durante más de veinte minutos la niña permaneció sentada ante una hoja de papel, completamente absorta en lo que estaba haciendo. A la maestra aquello le pareció fascinante. Al final le preguntó qué estaba dibujando. Sin levantar la vista, la niña contestó: «Estoy dibujando a Dios». Sorprendida, la maestra dijo: «Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios». La niña respondió: «Lo sabrás enseguida».

Es ahí donde está el sentido de todo lo que hemos creado y que todavía nos falta por crear. No somos insignificantes, tenemos una misión en esta vida y debemos llevarla a cabo. Tener esa energía que nos mueve a hacer algo sin pensarlo dos veces y saber que lo conseguiremos. Se trata de persistir en todo aquello que nos propongamos. Así como en esta foto sacada en Disneyland París en la que salimos mi hermano Pablo y yo, donde aferrados a la espada del rey Arturo, estamos convencidos de que con todas nuestras fuerzas y empeño lograremos sacar a Excálibur de su yunque para convertirnos, si Dios quiere, en los reyes de Camelot.

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“No duermas para descansar, duerme para soñar. Porque los sueños están para cumplirse”. – Walt Disney

 

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